Desparramada, y la vibración del caos bebé mordisqueándome la figura sombreada. Mi caos, mi cosa, mi asco. Y no puedo caer azul acuífera si no se me irrita el ojo derecho. Irritate, asqueroso, irritate y llové como un loco. No, no lluevas. Mejor salite, salite de acá porque con vos no puedo. No puedo con el ir y el venir, y el cruzar, y el perpetuar. Y las calles, las cosas, el sol, la circunferencia, el violáceo del lunar más joven. Es algo impensable para una anciana como yo. Anciana consumada de diecinueve años o de tres mil treinta y tres que cuelga sus pies en el ropero, que arrastra la bomba madre en una bolsa blanca o negra (amarrada a una cuerda de hilo grueso). Y le divierte. Se relame las pieles de tanto planeta impregnado que le queda después de un paseo. Le cuesta surcar con la lengua tanta hendidura rellena de algo. De aves carroñeras.
Ay, por eso me canso. Porque el mundo se me pegotea. A veces de tanta imantación se queda subyugado para siempre. Suele enroscarse desaforado en las pestañas. O en un ojo. Por eso le digo irritate, asqueroso, irritate y llové como un loco. Para expulsar masivamente a este pedazo de ostentación cruda. ¡Pedazo de revelación ineficiente! No puedo si no se me irrita el ojo derecho, reitero. Se ve de lejos, de millares de años y siglos, se ve. No estoy pudiendo. Después le digo No, no lluevas. Mejor salite. Así ya no más, ya no más gérmenes minúsculos, polen momificado, satélites, o microcosmos. Es que un día huracanado intenso cayó el mundo entero ahí en el ojo. Cuando se salió, había algo arrugado y enfermo. Mi cuello pintarrajeaba hematomas y alguien se frotaba los miembros diciendo anciana anciana anciana anciana anciana anciana anciana anciana anciana. Exactamente eso.
Ese día fue mañana o ayer. También es posible que nunca.
jueves, 31 de diciembre de 2009
lunes, 28 de diciembre de 2009
cardíaco
Se desplaza intermitente alguna que otra pulsión inestable, pero la extensión de costras suele rellenarse de un solo tipo de cosas: las que no laten.
Esta válvula propia es mentira a cada segundo de arraigo. Cada segundo que nos hacemos más habitantes de esto, más llenos de símbolos incorruptibles, más pasivos, más amantes de lo que tiene nombre, más entendidos, más felices. El tiempo no se siente sanguinario, livianamente inflamado, genuino, gutural. El tiempo no ahueca su refugio letárgico en el pecho más propio. El tiempo está del otro lado; también el latido, también su eco, también lo único. Pero allá afuera, muta en nada. Quién arrasó con lo que late. No tengo pulso. Tampoco el suelo. Ni las nubes. Ni la calle. Ni su ropa. Ni mis hojas. Ni las sábanas. Ayer alguien se dejó en mis manos un nombre. Lo acurruqué, pero no latía. Tampoco el dedo que me tendió alguien hoy para amarrarme. Estaba muerto. Lamento decirlo, ¡estaba muerto! Y así todo.
Solía encontrarme en incineración violenta con la vida, decir ¡la vida la vida! Está acá la vida, indagar a cada instante: ¿sos vida? Resolver: estoy viva. Y repetirlo hasta el hartazgo, no, hasta disolver el sentido. Y no convencerme. No me convencía. Y cada amanecer era un nacimiento desenfrenado, atroz, caníbal. La existencia me mordía las uñas y no podía olvidarme de que cada línea del cráneo latía, cada desmenuzamiento de mis carnes, el sentencioso encuentro con el suelo terrenal, el hervor ocular, y la bomba desproporcionada y febril que se alojaba suculenta en mi centro. Latía. LATÍA. CÓMO LATÍA. Pero un día me olvidé. O acaso lo dejé ir. Y si ahora me pregunto ¿estoy viva? No me creo. No creo la pregunta. Y estoy inmersa, liviana e inevitablmente. Sumisa y sistemática. HORRENDA. Ay, así las cosas. Algo sé. Sí, algo sé. Cómo no saber. Todos sabemos. Claro que sabemos, cómo no saber. Y sabemos que es profundo, ah! Qué profundo. Pero no lo sentimos, ni siquiera en el tironear sutil de un cabello mártir. No sentimos. Nada late. NADA LATE. Hay algo abandonado, desplazado, disminuido, corroído acá adentro. Hace ruido, pero no siento sus movimientos, su ir y venir, sus articulaciones. No siento nada. No siento. Lamento decirlo, ¡estoy muerta! Y así todo.
Esta válvula propia es mentira a cada segundo de arraigo. Cada segundo que nos hacemos más habitantes de esto, más llenos de símbolos incorruptibles, más pasivos, más amantes de lo que tiene nombre, más entendidos, más felices. El tiempo no se siente sanguinario, livianamente inflamado, genuino, gutural. El tiempo no ahueca su refugio letárgico en el pecho más propio. El tiempo está del otro lado; también el latido, también su eco, también lo único. Pero allá afuera, muta en nada. Quién arrasó con lo que late. No tengo pulso. Tampoco el suelo. Ni las nubes. Ni la calle. Ni su ropa. Ni mis hojas. Ni las sábanas. Ayer alguien se dejó en mis manos un nombre. Lo acurruqué, pero no latía. Tampoco el dedo que me tendió alguien hoy para amarrarme. Estaba muerto. Lamento decirlo, ¡estaba muerto! Y así todo.
Solía encontrarme en incineración violenta con la vida, decir ¡la vida la vida! Está acá la vida, indagar a cada instante: ¿sos vida? Resolver: estoy viva. Y repetirlo hasta el hartazgo, no, hasta disolver el sentido. Y no convencerme. No me convencía. Y cada amanecer era un nacimiento desenfrenado, atroz, caníbal. La existencia me mordía las uñas y no podía olvidarme de que cada línea del cráneo latía, cada desmenuzamiento de mis carnes, el sentencioso encuentro con el suelo terrenal, el hervor ocular, y la bomba desproporcionada y febril que se alojaba suculenta en mi centro. Latía. LATÍA. CÓMO LATÍA. Pero un día me olvidé. O acaso lo dejé ir. Y si ahora me pregunto ¿estoy viva? No me creo. No creo la pregunta. Y estoy inmersa, liviana e inevitablmente. Sumisa y sistemática. HORRENDA. Ay, así las cosas. Algo sé. Sí, algo sé. Cómo no saber. Todos sabemos. Claro que sabemos, cómo no saber. Y sabemos que es profundo, ah! Qué profundo. Pero no lo sentimos, ni siquiera en el tironear sutil de un cabello mártir. No sentimos. Nada late. NADA LATE. Hay algo abandonado, desplazado, disminuido, corroído acá adentro. Hace ruido, pero no siento sus movimientos, su ir y venir, sus articulaciones. No siento nada. No siento. Lamento decirlo, ¡estoy muerta! Y así todo.
sábado, 19 de diciembre de 2009
A quién
Mi amor, mi amor. Sobre mí, mi amor. Acá. Dormí, dormí, de verdad, dormí de verdad. Dejate dormir, mi amor, mi amor. Quiero que sientas, sabés. Quiero que me vivas, y si dormís, conmigo, acá, tal vez. Tal vez vibres algo del mundo, mi amor. Cuando se mueve, el mundo se mueve sabés. Las paredes laten, el techo, las luces tenues y viriles, se mueven. Todo se mueve en mi cuerpo, mi amor. Un día dije: “este es el mundo de verdad; violencia, péndulos, espasmos. Y sin embargo, esta quietud, este mundo caminable. Ah, cómo nos engañamos, el equilibrio es un montaje forzoso.” No es el culpable el mareo, mi amor, mi amor. No estoy enferma, nonono. Es lo estático la mentira, mi amor. Y hay verdad. Yo sé que hay verdad sobre mí. Y si dormís de verdad, de verdad, acá. Tal vez el mundo. Tal vez mi amor. Mires. O sueñes. O entiendas. O seas. Seamos.
Y aún siendo inútil
Dormí conmigo.
Y aún siendo inútil
Dormí conmigo.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
La náusea
La náusea es todos los días.
Todo
y todos. Sí, todos. Cada uno. Es una cronicidad que implosiona desde un alguien vertido en el moho, en el asco, en el arrojo violento. ¿Sos vos, vida?
La náusea es la latencia inacabable de estar muerto. Desde el primer día. Y la náusea es náusea y termina en sí misma. El que piense que puede salirse de sí mismo, o de algún lado, sale siempre a volver a encontrarse, a encontrar lo mismo, lo único. Y la náusea es siempre la misma. No son muchas, no es necesario. Es una. Inequívoca, punzante, crónica.
Y real.
Pero cada náusea es distinta y no todas se saben.
La mía se sabe íntegra, se ama
Y está viva.
Todo
y todos. Sí, todos. Cada uno. Es una cronicidad que implosiona desde un alguien vertido en el moho, en el asco, en el arrojo violento. ¿Sos vos, vida?
La náusea es la latencia inacabable de estar muerto. Desde el primer día. Y la náusea es náusea y termina en sí misma. El que piense que puede salirse de sí mismo, o de algún lado, sale siempre a volver a encontrarse, a encontrar lo mismo, lo único. Y la náusea es siempre la misma. No son muchas, no es necesario. Es una. Inequívoca, punzante, crónica.
Y real.
Pero cada náusea es distinta y no todas se saben.
La mía se sabe íntegra, se ama
Y está viva.
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