lunes, 28 de diciembre de 2009

cardíaco

Se desplaza intermitente alguna que otra pulsión inestable, pero la extensión de costras suele rellenarse de un solo tipo de cosas: las que no laten.
Esta válvula propia es mentira a cada segundo de arraigo. Cada segundo que nos hacemos más habitantes de esto, más llenos de símbolos incorruptibles, más pasivos, más amantes de lo que tiene nombre, más entendidos, más felices. El tiempo no se siente sanguinario, livianamente inflamado, genuino, gutural. El tiempo no ahueca su refugio letárgico en el pecho más propio. El tiempo está del otro lado; también el latido, también su eco, también lo único. Pero allá afuera, muta en nada. Quién arrasó con lo que late. No tengo pulso. Tampoco el suelo. Ni las nubes. Ni la calle. Ni su ropa. Ni mis hojas. Ni las sábanas. Ayer alguien se dejó en mis manos un nombre. Lo acurruqué, pero no latía. Tampoco el dedo que me tendió alguien hoy para amarrarme. Estaba muerto. Lamento decirlo, ¡estaba muerto! Y así todo.

Solía encontrarme en incineración violenta con la vida, decir ¡la vida la vida! Está acá la vida, indagar a cada instante: ¿sos vida? Resolver: estoy viva. Y repetirlo hasta el hartazgo, no, hasta disolver el sentido. Y no convencerme. No me convencía. Y cada amanecer era un nacimiento desenfrenado, atroz, caníbal. La existencia me mordía las uñas y no podía olvidarme de que cada línea del cráneo latía, cada desmenuzamiento de mis carnes, el sentencioso encuentro con el suelo terrenal, el hervor ocular, y la bomba desproporcionada y febril que se alojaba suculenta en mi centro. Latía. LATÍA. CÓMO LATÍA. Pero un día me olvidé. O acaso lo dejé ir. Y si ahora me pregunto ¿estoy viva? No me creo. No creo la pregunta. Y estoy inmersa, liviana e inevitablmente. Sumisa y sistemática. HORRENDA. Ay, así las cosas. Algo sé. Sí, algo sé. Cómo no saber. Todos sabemos. Claro que sabemos, cómo no saber. Y sabemos que es profundo, ah! Qué profundo. Pero no lo sentimos, ni siquiera en el tironear sutil de un cabello mártir. No sentimos. Nada late. NADA LATE. Hay algo abandonado, desplazado, disminuido, corroído acá adentro. Hace ruido, pero no siento sus movimientos, su ir y venir, sus articulaciones. No siento nada. No siento. Lamento decirlo, ¡estoy muerta! Y así todo.

1 comentario:

metamorfosis dijo...

por mas que digas que no tenés a tu imaginación realmente me encantó esto... me encanta cómo describís a la vida, realmente yo también la siento una mentira muchas veces(la mayoría, estoy tratando de no generalizar jaja) , en relaidad el resto la hace mentira llenandola de alegría inflada, de la alegría hipócrita una está en s cuarto sintiendola desde los órfanos, sintiendo el dolor de la vida que te desgrana, por que te desgrana de lo difícil que es, de lo difícil que es poder resolverse en la vida cuando una la siente tanto y tan carnal... y con tanta pasión... buenos i eso no es imaginación yo no sé a lo que llamas imaginación te amo beibi