lunes, 11 de enero de 2010

La que grita

Llegué. O mentí. Ya estaba.
Quiero decir el coctel de desparramos que se suceden mientras caemos caemos. Los muertos me habitan la alfombra de los sesos. Se reproducen en un giro azul y a mí todo esto me parece más que carente. Como en una analogía brutal del desinfle, ahí está mi sustancia explotándose y dejando ir la respiración vibrante, dejando ir la superficie de cortejo al mundo, perdiéndose perdiéndose.
Que los planetas son propensos a desinflarse, se sabe. Pero el mío cuando cede, parece ceder sin retorno. Claro, después lo restauro con papeles de colores, sí. Y telas impávidas. Y ramilletes de cordura blanca. Y pinceladas de pan y dulce. Y besos de cartón corrugado. Pero sabemos que. Sabemos que. Una vez que el mundo se me hizo (deshizo) es demasiado tarde. Pero qué más da. Total nos queremos, ¿no? Tanto que nos mordisqueamos las pezuñas mutuamente, nos frotamos las claridades. Para quedarnos un día más. Mientras todos caemos, yo grito ¿se entiende? Por eso mi cuello está roto y la garganta se le sale. Yo no vine acá para estar muerta, no vine acá para verte ni reírme en el cosquilleo, ni para contestar ese acto sonoro, o contemplar tus arrojos al vientre. Yo te miro y se me inflaman los muertos. Igual te miro. Porque para eso estoy hecha, para mirarte. Digamos bien las cosas, yo vine acá para estar muerta.
Y la confesión era la siguiente: Mientras todos nos caemos, yo grito.

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